lunes, 31 de diciembre de 2018

Con las copas en alto*

El maratón más peligroso que existe en México, no es una carrera pedestre de más de cuarenta kilómetros, sino una justa etílica que dura 26 días: el maratón Guadalupe-Reyes, que exige cumplir con incontables brindis, del 12 de diciembre al 6 de enero. Aunque esta añeja costumbre de expresar el júbilo en palabras antes de chocar las copas proviene de Europa, ha encontrado un singular arraigo entre los mexicanos.

El brindis tiene su origen en las antiguas libaciones que realizaban griegos y latinos en honor de sus dioses. El vino siempre iba acompañado de discursos, a veces profanos o incluso filosóficos como en el “Banquete” de Platón. En el Canto IV de la Iliada los dioses celebran asamblea junto a Zeus mientras brindan mirando el inicio de las hostilidades entre Troya y los griegos, como un grupo de amigos que disfrutan viendo un partido de futbol.

 
En el Satiricón, novela escrita en los albores del Imperio Romano, se cuenta cómo tres simpáticos gorrones: Ascilto, Encolpio y Gitón, se cuelan a la cena del rico Trimalción, en donde además de exquisitos platillos, el anfitrión les convida un vino falerno de más de cien años, que viene sellado en exclusivas ánforas de cristal. Y dice así el espléndido Trimalción antes de empezar las libaciones: “¿Luego es verdad, ¡ay de mí!, que el vino vive más que la enclenque criatura humana? Pues entonces bebamos como esponjas. El vino es la vida.”

La palabra brindis proviene de la expresión alemana bring dir’s que significa: “yo te ofrezco”. Se dice que se puso de moda en mayo de 1527, cuando el ejército de Carlos V invadió Roma en represalia porque el papa Clemente VII había apoyado a Francia. Como no había fondos para pagarles a los soldados alemanes y españoles, estos se dedicaron a robar iglesias, monasterios y palacios durante tres días. Se cuenta que en el festejo los vencedores alzaban sus copas ofreciendo su triunfo al emperador.

 
Esta alegre costumbre llegó a México en 1563, de la mano de Martín Cortés Zúñiga, hijo legítimo de Hernán Cortés. Martín se había ido a los siete años a las cortes europeas y regresaba a los treinta convertido en marqués y en una de las personas más ricas de la Nueva España. En la Ciudad de México se juntó con los hijos de encomenderos, una especie de mirreyes de aquella época, que además de integrar un movimiento político, se dedicaban a escandalizar en “las noches de piedra” de la colonia, cabalgando en grupo por las calles y armados de unas largas cerbatanas por medio de las que hablaban al oído de las muchachas que salían al balcón.

Cuenta Juan Suárez de Peralta que en casa de Martín Cortés se jugaba baraja “y áun se dió en brindar, questo no se usaba en la tierra ni sabían qué cosa era; y admitióse este vicio con tanta desórden (...)” Comenta que los combebientes ponían un precio a los brindis, luego brindaban unos con otros como para calibrar su aguante, y aquel que no aceptara el desafío le quitaban la gorra para acuchillarla, y aquel otro que caía dormido tenía que pagar el precio acordado.

Tal vez por el entusiasmo con que se implantó esta costumbre es que los mexicanos nos sentimos tan identificados con ella y la hemos convertido en una tradición. La frecuentamos, no solamente en las cantinas sino en bodas, fiestas de XV años, fiestas patrias y sobre todo en las celebraciones de fin de año. Incluso la hemos convertido en una pieza lírica, "El brindis del bohemio", que hace llorar a nuestras abuelitas. Un poema que narra la reunión de seis alegres bohemios en noche de fin de año, que brindan “por la Patria, por las flores,/ por los castos amores/ que hacen un valladar de una ventana,/ y por esas pasiones voluptuosas/ que el fango del placer llena de rosas/ y hacen de la mujer la cortesana.” Sin embargo llega el turno de Arturo, “el bohemio puro/ de noble corazón y gran cabeza”, quien al final, cuando ya sus compañeros se encuentran en estado incróspido, dedica su brindis a su madrecita santa, y deja callados a todos sus cuates.

 
En el ámbito literario, quizá el brindis más hermoso, sucedió un sábado 28 de octubre de 1933, en el Plaza Hotel de Buenos Aires. En un banquete del Pen Club, Federico García Lorca y Pablo Neruda, cada uno en distinto extremo de una mesa de cien comensales, dedicaron un homenaje a la limón: “Federico García Lorca, español, y yo, chileno, declinamos la responsabilidad de esta noche de camaradas, hacia esa gran sombra que cantó más altamente que nosotros, y saludó con voz inusitada a la tierra argentina que posamos.” Y levantaron su vaso al mismo tiempo, a la gloria del gran Rubén Darío, tal como lo cuenta Neruda en su biografía Confieso que he vivido.
 
Para terminar con tantos brindis, solamente les deseo que hayan sobrevivido a los de estas celebraciones tan copiosas y tengan ánimos para afrontar los que les reserva el nuevo año.

Felicidades y salud.

*Texto publicado en el número 183 de Play Boy México, correspondiente al mes de enero de 2018.

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