domingo, 1 de diciembre de 2019

Duelo de memorias*

¿Te acuerdas de Las Navajas?, le pregunto a mi compadre Tereso, quien siempre presume de buena memoria.

Me contesta que sí, cómo no, sobre Eje Central antes de llegar a Garibaldi.

Ahí estuvimos un martes de septiembre del 92, le digo para apantallarlo.

La necesidad de la escritura

Cráneo de jabalí.
Sergio García Díaz.
Editorial Cisne Negro.
México, 2019.

Conocí a Sergio García Díaz en 2007, justo cuando hicimos la antología Que el tiempo lo decida, en la que Alberto Vargas, Javier Serrato y un servidor, reunimos textos para conformar un muestrario de narrativa que Alfredo Giles se negó a prologarnos porque dudaba de la calidad de los mismos. Finalmente Eusebio Ruvalcaba se discutió con las líneas introductorias que, entre otras cosas advertían: “es importante para el escritor ver sus líneas publicadas, porque a partir de ahí los errores saltan como palomitas de maíz puestas en una sartén al esplendor del fuego”.


miércoles, 18 de septiembre de 2019

*LA SERPIENTE Y LA SANGRE

PRIMERA PARTE 

Del corazón del hechicero Copil
 

nació el tenochtli de la tuna roja.

Ahí sobre un islote el águila


cortó en pedazos la serpiente.

Sobre ese lago de sauces y peces blancos

se plantó la semilla de una ciudad

como se planta un árbol.

Año diez-casa, dieciocho de junio de mil trescientos veinticinco.

(Año 10-Casa; 18 de junio de 1325.)

martes, 3 de septiembre de 2019

Un hombre acodado en la barra*

Se miró en el espejo: el cabello crespo y revuelto, las cejas y la barba con la incipiente invasión de las canas. Le habría gustado encontrar el parecido con esa foto de Silvestre, pero nunca se sintió tan grande como el magnífico compositor, quien también se sentía empequeñecido frente a la barra. Pensó que si con alguien le hubiera gustado compartir el trago sería con aquel gigante que había bebido muchas veces con don Higinio, primer violín de la sinfónica y padre amoroso que en su lecho de muerte le dejó una singular herencia. En ese instante evocó aquella tarde a los 24 años. El cuarto estaba en penumbras. Su padre respiraba áspera y fatigosamente.

miércoles, 7 de agosto de 2019

Que anduve por ahí de bar en bar*

Usted me cuenta que para ayudar a papá que era cantante de ópera y apenas ganaba 17 pesos cantando en las misas, mamá Margarita daba clases de piano y de solfeo; que papá Pepe después de sus ensayos nocturnos en el estudio de su casa en la colonia Clavería se encerraba a beber a escondidas, y que otras noches llegaba con sus copas a despertarlo para platicar de la vez que había compartido el escenario con María Callas y Giuseppe Di Stefano en la Carmen de Bizet, o de cómo se decía salud en varios idiomas y repetía alzando el vaso de Ron Potrero con Coca Cola: cin cin, italiano, santé, francés, prost, alemán, y los dos se aguantaban las carcajadas para no despertar a nadie cuando contaba chistes y anécdotas de tenores y sopranos hasta que les daban las tres o cuatro de la mañana cuando a usted lo vencía un sueño cargado de música y aplausos que luego se interrumpía con el despertador anunciando la seis, y había que levantarse para ir a la secundaria con ojeras y paso de zombi. 

domingo, 4 de agosto de 2019

Los hombres sin miedo

Todavía iba royendo la caña del aguardiente que se había tomado cuando empujó las puertas abatibles de la pulcata. Iba por una catrina para dormir como angelito. El pulque blanco le recordaba el olor de la abuela Isidra cuando salía del departamento de damas de La Bella Helena, y el curado de tuna a su jefe Emeterio Malpica, terror de los siete barrios de Iztacalco y campeón del alacrán y la rayuela. El octli le traía los mejores recuerdos de su infancia. Cuando a su madre Lucinda se le cortó la leche por un susto, a Arnulfo Malpica, entonces de ocho meses, tuvieron que destetarlo con neutle de Singuilucan, Hidalgo. 


viernes, 2 de agosto de 2019

Entre coyotes te veas*

En el siglo XIX, María Ignacia Rodríguez de Velasco, mejor conocida como La Güera Rodríguez, acuñó una frase peyorativa que daba cuenta del menosprecio que los capitalinos pudientes sentían por la provincia: “Fuera de México, todo es Cuautitlán”.

Ahora que los capitalinos mayoritariamente somos chilangos, es decir descendientes de inmigrantes del interior de México, podríamos reciclar esta frase para decir “Fuera de México, todo es Neza”, pero no para marcar ese antiguo menosprecio sino para significar que alrededor de la Ciudad de México, en esas áreas alguna vez llamadas conurbadas y cinturón de miseria, se sigue construyendo la identidad del habitante del Valle de México.