domingo, 9 de marzo de 2025

Capri, te besa la luna, te besa el amor



La encuentro en una banca alimentando a las palomas. Una anciana de abrigo, sombrero y guantes, y usando un pañuelo de seda azul a manera de cubrebocas. Esmeralda de los Ríos es una imagen insólita para esta Plaza de la Solidaridad -frecuentada por teporochos, monos y jugadores de ajedrez o dominó- que los sábados se llena de parejas que improvisan salsas y cumbias.

-¿Y no le dan ganas de bailar con esta música? -le pregunto a la elegante anciana.

Esmeralda abre sus enormes ojos verdes para responderme:

-Hace tres años me fracturé la cadera y ahora camino despacio y con bastón. En las noches sueño que sigo en el ballet, pero de ese tiempo ya pasó más de medio siglo.

-¿Y cómo era entonces?

-Pues aquí estuvo el Regis, que además de hotel tenía una farmacia frecuentada por artistas, unos baños de vapor donde venían políticos y empresarios, el restaurante de Paolo, la Taberna del Greco y el lugar donde trabajé más de una década: el Capri.

-Un cabaret muy exclusivo que se inauguró en 1948, según me han contado…

-No había consumo mínimo ni derecho de mesa. Se pagaba nada más lo que se consumía. Sin embargo, era uno de los mejores centros nocturnos de los 50s; competía con el Salón Versalles, El Patio y el Ciro’s.

Ahí -me dice suspirando-, se llegaron a presentar Edith Piaff, Lola Flores, Los Panchos, Lucho Gatica, Lola Beltrán, José Alfredo Jiménez y muchos artistas que ya no recuerdo. Yo los conocí y muchas veces los acompañé en sus shows con el ballet de Chelo La Rue. Tenía yo 16 años. Fue una época muy bonita donde se podía hacer vida nocturna sin ningún temor.

-Esmeralda, platíqueme del Capri.