Dice Randall Jarrell que un buen poeta es alguien que “pasando una vida entera en el exterior expuesto a todas las tormentas, consigue hacerse fulminar cuatro o cinco veces por el rayo”. En ese sentido, los autores reunidos en esta antología, son una especie de llovizneros -cofradía de los volcanes dedicada a dirigir las nubes de lluvia- que se identifica por los rayos emocionales, económicos, existenciales que los han fulminado, y en esa condición de damnificados de la vida se reúnen en estas páginas. No se
distinguen por la búsqueda de un premio, de una beca o de un prestigio, sino simplemente por la necesidad, como pedía Rilke, de escribir; por la maldita costumbre de escarbar en sí mismos y extraer la oscura podredumbre humana para convertirla en versos afilados y desnudos. Poetas callejeros que además de sostener una rosa en la mano, muerden una daga entre los dientes. Pistoleros de distintos calibres y puntería, que se abisman entre las grietas de su encallecido corazón. Jauría de distintas edades y tradiciones, que nunca ha tenido el talento necesario para prosternarse ante el amo. 














