La encuentro en una banca alimentando a las palomas. Una anciana de abrigo, sombrero y guantes, y usando un pañuelo de seda azul a manera de cubrebocas. Esmeralda de los Ríos es una imagen insólita para esta Plaza de la Solidaridad -frecuentada por teporochos, monos y jugadores de ajedrez o dominó- que los sábados se llena de parejas que improvisan salsas y cumbias.
-¿Y no le dan ganas de bailar con esta música? -le pregunto a la elegante anciana.
Esmeralda abre sus enormes ojos verdes para responderme:
-Hace tres años me fracturé la cadera y ahora camino despacio y con bastón. En las noches sueño que sigo en el ballet, pero de ese tiempo ya pasó más de medio siglo.
-¿Y cómo era entonces?
-Pues aquí estuvo el Regis, que además de hotel tenía una farmacia frecuentada por artistas, unos baños de vapor donde venían políticos y empresarios, el restaurante de Paolo, la Taberna del Greco y el lugar donde trabajé más de una década: el Capri.
-Un cabaret muy exclusivo que se inauguró en 1948, según me han contado…
-No había consumo mínimo ni derecho de mesa. Se pagaba nada más lo que se consumía. Sin embargo, era uno de los mejores centros nocturnos de los 50s; competía con el Salón Versalles, El Patio y el Ciro’s.
Ahí -me dice suspirando-, se llegaron a presentar Edith Piaff, Lola Flores, Los Panchos, Lucho Gatica, Lola Beltrán, José Alfredo Jiménez y muchos artistas que ya no recuerdo. Yo los conocí y muchas veces los acompañé en sus shows con el ballet de Chelo La Rue. Tenía yo 16 años. Fue una época muy bonita donde se podía hacer vida nocturna sin ningún temor.
-Esmeralda, platíqueme del Capri.
-Era un salón grande, con escenario y pista de baile, más de cincuenta mesas. Después de pasar el guardarropa, el mismo maître Publio de Juana daba la bienvenida. A las 10 de la noche, todo en penumbras, se escuchaba la voz de terciopelo de Dante Miranda, el maestro de ceremonias que transmitía directamente a la XEW: “Capri: te besa la luna, te besa el amor”, para presentar al artista que más he admirado en la vida: Agustín Lara. Una luz seguía sus las manos ágiles sobre el piano negro, encima del que siempre había dos rosas rojas.
-¿Pues no dicen que Lara era muy feo, que tenía una cicatriz en la cara?
-Sí, pero componía como un ángel -dice sonriente Esmeralda-, y era un señor de una finura y una elegancia como ya no existen. Imagínese una de aquellas noches. El Maestro Lara acompañado de Pedro Vargas. En una mesa, Gloria Marín y Jorge Negrete. En otras mesas Frank Sinatra y Ava Gardner , Tyron Power y Linda Christian, el rey Karol de Rumania, Madame Lupescu y Alí Kahn. Hasta el escandaloso periodista Carlos Denegri con alguna fulana de sociedad.
Ahí me tocó ver a Bobby Capó estrenar sus canciones “Piel Canela” y “Luna de miel en Puerto Rico”. También vi un desfile de trajes de baño con modelos gringas, en el que se presentó una pelirroja que anunciaron como Mary Sorensen, pero que en realidad se llamaba Norma Jean Baker, y luego fue conocida como Marilyn Monroe.
-¿Pues no dicen que Lara era muy feo, que tenía una cicatriz en la cara?
-Sí, pero componía como un ángel -dice sonriente Esmeralda-, y era un señor de una finura y una elegancia como ya no existen. Imagínese una de aquellas noches. El Maestro Lara acompañado de Pedro Vargas. En una mesa, Gloria Marín y Jorge Negrete. En otras mesas Frank Sinatra y Ava Gardner , Tyron Power y Linda Christian, el rey Karol de Rumania, Madame Lupescu y Alí Kahn. Hasta el escandaloso periodista Carlos Denegri con alguna fulana de sociedad.
Ahí me tocó ver a Bobby Capó estrenar sus canciones “Piel Canela” y “Luna de miel en Puerto Rico”. También vi un desfile de trajes de baño con modelos gringas, en el que se presentó una pelirroja que anunciaron como Mary Sorensen, pero que en realidad se llamaba Norma Jean Baker, y luego fue conocida como Marilyn Monroe.

-Pero me estaba usted contando del Maestro Lara…
-Recuerdo muy bien una noche de 1950, Miguel Alemán fue a ver su show. Entonces se decía que el presidente andaba con María Félix, la esposa de Lara. Hasta se repetía una adivinanza de dos monitos de caricatura: “¿Con quién anda el Ratón Miguelito?” Y contestaban: “¡Con la Gata Félix!” Cuando El Maestro Lara vio llegar al presidente tomó sus cosas y atravesó el salón para irse. Al pasar junto a la mesa de Miguel Alemán, éste lo detuvo para preguntarle:
“-Maestro, ¿a qué horas comienza su show?
-Justamente acaba de terminar, señor presidente. Buenas noches” -le dijo Lara y se fue partiendo plaza dejando con la palabra en la boca al primer mandatario. Era de carácter fuerte el Maestro. A los pocos meses se divorció de la Félix, pero ya vivían separados. Después cada uno se volvió a casar. Ella con Jorge Negrete que ya la andaba rondando, y Lara con una compañera del mismo ballet de Chelo la Rue, a quien le llevaba más de 30 años: Yolanda Gasca, Yiyí.
-Sin duda eran intensas las noches del Capri.

-Noches de luna, de besos y de amor -me dice Esmeralda guiñándome un ojo. -Cuando el Maestro Lara se divorció de María Félix empezó a cortejar a Yolanda Santa Cruz Gasca, una compañera del ballet que entonces tenía 15 años, muy guapa ella. Desde que Lara la vio bailar en el Capri le empezó a enviar todos los días una rosa roja al camerino, que venía con una tarjeta blanca que solamente tenía una “L” mayúscula impresa en tinta negra. Todas nos moríamos por saber quién era ese admirador secreto de Yiyí, que así le decíamos a Yolanda, porque a ese cabaret solamente asistía gente encumbrada. ¿Sería un político? ¿Un galán de la pantalla? ¿Un miembro de la realeza o un millonario, amigo de Miguel Alemán?
“Supimos quién era cuando reconocimos a Yiyí de pañoleta y lentes oscuros mientras el chofer del Maestro Lara le abría la puerta trasera de un Cadillac para llevarla a su casa. Al principio pensábamos que iba a ser un nombre más en la larga lista de sus musas del músico poeta, pero acabaron casándose. Sin embargo, ni eso le quitó lo coscolino al Maestro.
“Una noche, Yiyí, ya como señora de Lara, se apareció de improviso en el Regis. No sé si su chofer o su secretario, el famoso Verduguillo, le alcanzaron a avisar por el teléfono mientras Yiyí subía por el elevador. Lara estaba con una gringa en su suite. Cuando supo que su esposa venía en camino escondió a la güera en el baño. El propio dueño del Regis, Carcho Peralta, se prestó como tapadera. Al entrar a la habitación, Yiyí encontró a Lara acostado en un sofá con cara de enfermo y tapado hasta el cuello con un cobertor, mientras Carcho Peralta le tomaba el pulso.
- ¿Qué te pasa, flaquito? -le preguntó Yiyí muy asustada.
-Le bajó la presión, señora -le dijo Carcho Peralta.
Entonces, la señora De Lara decidió llevárselo a su casa. En cuanto se fue a llamar al chofer, Carcho Peralta le dijo a Lara:
-Oye, desgraciado, tengo lleno el Capri. ¡Tienes que hacer el show!
Cuando ella regresó, repentinamente Lara se sintió mejor y acordó quedarse hasta terminar su show para cumplirle al público. Ella aceptó bajar al Capri a esperar a su marido y hasta ese momento, su secretario David Verduguillo, pudo llevarse a la gringa.”

-Le podría seguir platicando del Capri, pero parece que va a llover, me lo están avisando mis reumas -me dice Esmeralda-, tantas cosas que me tocó vivir... -me dice la anciana risueña antes de irse.
El Capri llenó toda una época de la vida nocturna en la capital del país. Por ahí pasaron grandes artistas, políticos y empresarios. Tal vez las últimas imágenes de ese mágico lugar aparezcan en las fotos del terremoto del 19 de septiembre de 1985 que derribó el complejo Regis.
En su libro El día que cambió la noche, José Luis Martínez S. Presenta el testimonio de la vedette Mara Maru, quien dio el último show del Capri. Salió de ahí a las cuatro de la mañana con rumbo a su casa y tres horas después, a las 7:19 , la despertó el terremoto. Se enteró por la radio que el Regis había sufrido daños severos. Fue al Capri a rescatar su vestuario.
“-Todas las personas preguntaban por sus seres queridos, la gente estaba desesperada; todo tenía olor a muerte. Me dio pena decir que iba por mi vestuario. Me di vuelta y me fui -comenta con tristeza.”

También Guille Acosta en su crónica “No pasa nada”, recuerda los últimos momentos del emblemático lugar al que apenas tres días antes le habían otorgado la cuarta estrella como hotel de lujo: “Cinco o seis pisos se habían hincado sobre la farmacia y el cine Regis, que seguramente se habían hundido en algún socavón porque no había ni rastros de ellos. Aquella masa compacta tenía por fondo una vorágine de humo y fuego y era coronada por el letrero espectacular de la azotea, que yacía en el suelo sin su “H”.
“Alrededor, los soldados resguardaban la zona, pocas personas iban de un lado a otro, o absortas contemplaban el espectáculo replegadas en la pared de enfrente; la avenida Juárez estaba mojada y todo olía a quemado. Recargado en una de las paredes, estaba el administrador del hotel, pálido, desencajado, con la vista fija en el espectáculo. Era un hombre de unos cuarenta años, bajo y rechoncho, me acerqué a él (...)
“Los bomberos continuaban tratando de apagar el incendio. Igual que el administrador, yo tampoco daba crédito a lo que veíamos. Toda la historia del hotel se consumía bajo el fuego, la ansiada cuarta estrella no llegaría a brillar nunca; ambos pudimos estar ahí y haber perdido algo más que el trabajo, contemplábamos el desmoronamiento de un mundo.”
Si el terremoto del 57 acabó con la primera gran época de los cabarets en la Ciudad de México, el terremoto del 85 le dio la vuelta a otra página de la vida nocturna de nuestra gran urbe.
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