miércoles, 23 de diciembre de 2015

Instantáneas XII

Ella
El amor te invadió como un virus. Como si aquella noche fría, al despedirte, anduviera flotando en el ambiente. Y en el cálido encuentro de las manos o en la saliva del beso que de la mejilla resbaló hacia la boca, hubiera penetrado directamente en tu torrente sanguíneo.
Salías por tercera vez con Paco. Te habían advertido que era tremendo. Nunca hablaba en serio y cambiaba de pareja como de calcetines. Siempre tuviste reticencias para sus invitaciones. Por principio rechazabas a tus alumnos. No te gustaba que las demás maestras murmuraran a tus espaldas. ¿Entonces por qué hiciste una excepción con Francisco Téllez?
A la hora de decidirte no pesó el hecho de que se tratara de un lisonjero experto, ni tampoco del Camaro que manejaba, ni del aroma tan especial que lo envolvía, sino de que había pronunciado el nombre muy suavemente cuando le preguntaste. Fleurs du Mai, dijo en el francés que tú le habías enseñado. Su voz tan cerca del oído te hizo sentir cosquillas en la base del cuello y un ligero rubor te encendió las mejillas. En ese momento debieron encenderse tus señales de alerta pero la desfachatez y la insistencia con que Paco te provocaba, poco a poco, fueron minando tus defensas.
Ya no eras la adolescente que se impresionaba con cualquiera. Pero Francisco era un hombre que andaba por la vida pidiendo lo que creía merecer y que tan fácilmente se le ofrecía. Tú quisiste demostrarle que a tu manera, con 35 años y divorciada, también sabías jugar con fuego sin quemarte. Pero te quemaste con la llama de aquel beso, con la hoguera de aquel cuerpo y con el incendio de ilusiones que al final también fue tu pira funeraria.
Tú, la muchacha de barrio que ganó una beca de Letras Modernas y que siempre soñó vivir en Francia, conoció París aquella noche en las palabras encendidas de su amante, quien la llevó del brazo por los laberintos de calles estrechas y llenas de farolas. El siguiente año nuevo lo vamos a recibir brindando con champaña desde el mirador de la Torre Eiffel. Y no tuviste que esperar el invierno ni la alfombra de hojas pardas de los champs elysées porque esa misma noche, en ese instante, tú bebías el champagne de su saliva y sentías el tremor de las doce campanadas en medio de las piernas.

Te entregaste a tu aventura a pesar de todas las advertencias. De quienes lo conocían, de las que te hablaban por experiencia y de las que desde la primera impresión supieron que Paco nada más estaba jugando contigo. Pero qué podían comprender ellas sobre lo que te hacía sentir en lo más hondo. De que a su lado respirabas hasta un aire distinto. Y de que la sola mención de su nombre te ocupaba por completo como una tribu bárbara ocupa una ciudad.
Por eso cuando dejó de ir a las clases y ya no contestaba a tus llamadas un escalofrío te recorrió la espalda. Y cuando lo viste entrar del brazo de una fulana en el Mocambo, el demonio de los celos se apropió de tu cuerpo. Si hubieras tenido una pistola, en ese momento los hubieras matado a los dos. Y luego el infierno que no habías vivido ni siquiera con tu ex esposo. Del abismo del odio al viacrucis de las dudas. ¿Me engañaba desde un principio? ¿Es que dejé de gustarle? ¿En qué me equivoqué? La bandera de tu orgullo como trapo de cocina y la letanía de los mensajes por celular, las amenazas para su contestadora y luego, al último, los ruegos por internet. Pero nunca una respuesta. Un silencio pesado como lápida. Un frío que se colaba por los intersticios del alma. Una ciudad en ruinas. Y cuando por fin aceptaste su abandono también te abandonaste tú.

¿Por qué no me esperaste?

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