martes, 22 de enero de 2013

CAMPO DE BATALLA, CALIBRE 9 MM.


Por Eusebio Ruvalcaba

Campo de batalla es un libro de cuentos devastador, luminoso y emotivo. Jorge Borja, su autor, con facilidad estruendosa nos lleva de la mano por toda una gama de sentimientos, que van de la compasión al asombro, de la dulzura a la impiedad. El libro está escrito por un maestro universitario, pero en realidad pareciese haberlo hecho un sobreviviente de un tsunami, un damnificado, un sacerdote, o, digamos, un ex convicto. En lo que estoy pensando cuando afirmo esto, es en el sentido de penetración de su autor. El ojo de Jorge Borja es implacable. Mira por nosotros. Nos ahorra el trabajo de atisbar en las oquedades más profundas de aquellos hombres fraguados en su imaginación, pero de flagrante carne y hueso. Como hombres en llamas –de los que quería Orozco, el jefe de jefes jalisciense.

         Con un lenguaje forjado a base de hachazos —aprendido en la alcantarilla de la novela—, Jorge Borja construye personajes y atmósferas. Con la experiencia que la ficción literaria le da a un escritor ocupado en escribir y no en modelar bajo los reflectores, con la exacerbación de los sentidos que cumplen su trabajo de ser fieles como un perro —aunque sin perder su fiereza—, Jorge va hurgando en la mentalidad y en el corazón  de sus personajes protagónicos. Les extrae la polución que bulle dentro de ellos. Y con singular maestría pone a destilar su alma, hasta que escancian lo esencial. Hasta que revelan la pasta de la que están hechos. Que es lo que permite la identificación con el lector. Porque el que lee, busca desesperadamente el alma afín —no importa si son personajes de ficción, o decantados del filtro de la noche. Pues aun el más zafio de los lectores sabe —acaso más por intuición que por erudición— cuando las cosas son de a de veras. Cuando detrás de cada palabra escrita hay verdura y voltaje. Resueltos en tensión dramática. Así, desde que se empieza a leer Campo de batalla los aforismos extraídos de la cotidianidad de un personaje límite, empiezan a caer en derredor nuestro como granizos del tamaño de una piedra volcánica. Por aforismos entiendo situaciones desesperadas, inequívocas, que provocan que el personaje se agarre hasta con las uñas para no precipitarse al abismo. O mejor dicho arrojarse, atraído por la muerte irrevocable.
         Acotación aparte merece el erotismo en los textos de Campo de Batalla. Jorge Borja lleva la lujuria hasta la orilla del abismo. Hay una admiración por la sensualidad de la mujer —aun más que por la del varón—, que provoca el vuelo de la imaginación. Se está ahí. Se vive ese momento. Cuando Borja habla de mujeres, percibimos su olor, la textura de su piel, el arrobo que causa su piel. Las situaciones eróticas son descritas con naturalidad y sin aspavientos, sin quebrantos de voz. Como acontecen en el plano de la vida real. Y tal vez por eso causen más impacto en la libido de quien lee.
         Líneas arriba mencioné la tensión dramática porque es un imperativo de Jorge Borja. En los cuentos y relatos que integran Campo de batalla, se advierte que la vida que le da aliento a cada texto no es pasiva sino tensa cual cuerda de violín. ¿Cómo es posible que estas cosas acontezcan?, se pregunta uno cuando ha concluido la lectura. ¿De qué se trata este volumen que ha venido al mundo casi en forma clandestina, como un bebé abandonado en un basurero; pero a la vez con el carácter que da la seguridad de estar en el camino correcto? Y termina uno por inquirir: ¿qué transformaciones están acaeciendo a la vista de todos, que terminan  por borrar esa delgada línea entre lo permisible y la abyección más ruin? —léase, para no ir más lejos, Gerda, deliciosa obra maestra de la lascivia
Éste es el cimiento sobre el que descansa la tensión dramática de los textos de Jorge Borja. Porque una tensión es una línea de fuego que viaja de un extremo a otro. Hay un momento en la lectura del libro en que se pide una tregua. La tensión acaba por exigirle todo al lector. Por ponerlo contra la pared. Exactamente porque viaja de la hechura del personaje —llamémoslo así, aunque puestos en el papel se advierten no como personajes protagónicos sino de vísceras y sangre—, digo porque la tensión viaja de la factura del personaje a los límites de quien lee.
         En fin. Celebro que los textos de Jorge Borja den cuenta de la degradación humana en uno de sus aspectos más sórdidos. Que la ignominia se manifieste en toda su crudeza. Cosa de fiesta. ¿O no?

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