jueves, 19 de julio de 2012

El latido del sentir


La vida es otra (Poemas en theta).
Cristina de la Concha.
México, 2012.
Todas las cosas tienen su misterio,  y la poesía
 es el misterio que tienen todas las cosas”.
Federico García Lorca.

La poesía es un gran misterio en el que pueden resumirse otros misterios: el amor, la compasión, la ternura, el odio. Les llamo misterios porque a pesar de que todos alguna vez los hemos sentido o sufrido aún no acabamos de entender en qué rincón del cerebro o en que esquina del corazón se engendran, y de qué manera se van gestando estos sentimientos.

Por ejemplo el amor, de acuerdo con teorías fisiológicas, propias de neurólogos y endocrinólogos, es una reacción electroquímica en que distintas hormonas y neuronas entran en contacto para lograr una reacción singular. La que nos hacer sentir profundamente al otro, sentirnos otros, condolernos, congozarnos, acongojarnos o confundirnos con el objeto amado. La explicación de la ciencia acerca de esta emoción y de las emociones que desata, tal vez esté más próxima a la verdad racional, pero es menos asequible y menos sensible que las respuestas de la poesía.


 Ya algunos autores de divulgación científica  como Marco Iacoboni, Giacomo Rizzolatti o Mary Thomas Crane, se han encargado de hablar de la función empática que la narrativa ejerce en las neuronas espejo, potenciando la lectura de cuentos y novelas como una educación de los sentimientos o como un especie de ensayo de la propia vida.

La perspectiva poética, sin duda, nos aproxima más a este fenómeno del “sentir” que la narrativa, pero no solamente eso, también nos contagia del mismo, nos lo transmite con la fuerza de un virus mortal. La poesía no es un ensayo de la vida, ni intenta imitarla como los géneros narrativos. El propósito de este arte, como dijo Wallance Stevens “es hacer que la vida sea completa en sí misma”.  Es decir que la poesía pretende darle sentido a la existencia: el poema es entonces algo así como el finis coronat opus.
 
Para concretar tan inmensa pretensión, es natural que el poeta reflexione constantemente sobre su artificio. Unas veces como el cerrajero que busca las llaves del universo. Otras como el mago que se convierte en conejo. Pero en todas apostando a ampliar los canales de percepción del lector. Para un poeta, un colibrí y un terremoto pueden pertenecer sin duda al mismo orden de ideas.

Así, el procedimiento de la metáfora hermana elementos insólitos para aproximarnos no sólo al origen de las emociones sino para comunicarnos su vértigo. No solamente nos “describe”, por ejemplo, como se inicia una relación, sino que nos hace “sentir” lo que produce:

XIV
En una mirada quedó
 energía sedosa
 como una usurpación, un duelo o un simple encuentro
 entrando en sigilo ya luego presurosa
 a recorrer las fibras de este ser.

Por esta necesidad de expresión se vuelve labor de los poetas y los jóvenes renovar el lenguaje, ensanchar su horizonte y recargar o revertir el significado de las palabras. Cuando las más usadas envejecen o las más jóvenes aún son rechazadas, vienen los poetas a llenarlas de energía, de contenido. Se transforman en una suerte de naturalistas que descubren sonoridades insospechadas o catalogan un nuevo ser en el gran libro de las especies poéticas.

XXI
Palabras
que dicen
que omiten
que ciegan
que indagan
insinuantes
tiesas
suaves
sutiles
y viles cañonazos

En esta búsqueda, los poetas como exploradores, también abren caminos y fundan ciudades y dinastías, en sitios inhóspitos y lugares inaccesibles. En lo alto del Aconcagua seguramente existe una villa llamada Vallejo. En una selva del Sur hay un hotel Sabines, y más al Norte, en una Alameda del desierto, un Kiosko conocido como López Velarde, alrededor del cual se pasean hombres y mujeres en sentido contrario al otro género. Cada poeta inventa su orografía, su edén y los seres primigenios que lo habitan.

                                              
                                                                           
XX
espejo te vío
estás
en mí
con tu nombre
que me labia
mío me sientes
impostado sobre
pero impuesto
mi espir
y-tú

El poeta, ya se ha dicho, es un demiurgo. En la alquimia de sus poemas puede transmutar la esencia de las cosas y elevar la dignidad de lo que nombra. En ese juego el apio, la escoba o el pedestre acto de la micción devienen en espléndidas expresiones del idioma en las voces de Pablo Neruda o de Ricardo Castillo. Un poema puede ser tan alegre como una guitarra o algo tan elemental, pero tan íntimo como un suspiro.

XIX
Exhalo
este aliento
hondo
profundo
 para expandir el hálito
 y retozar
sobre las trampas
tendidas por el dolor de la envidia

 levanto risa al viento
 y que la esparza por doquier
 que la alegría haga de este cuerpo
recinto
 y no fenezca esta energía de reír

En fin, creo que en el libro de Cristina de la Concha, que hoy nos reúne, se celebran los misterios de un oficio milenario que a la banalidad y la estulticia del presente opone la precisión de la palabra. Una voz clara que ante el avasallamiento de la mentira, afirma que La vida es otra.

*Palabras pronunciadas en el Centro Cultural Xavier Villaurrutia, el 20 de marzo de 2012, durante la presentación del poemario La vida es otra (poemas en theta), de Cristina de la Concha.   

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