

Veinte años antes, el propietario en persona hubiera ido a abrirle la puerta aunque entonces Ricardo, el Campeón, no iba a cantinas de medio pelo, porque prefería bajarse de su Cádillac convertible en las puertas de El Gallo de Oro, la cantina de los banqueros, donde llenaba un salón acompañado de sus cuates y de un trío que al verlo llegar se arrancaba con “Mi Gallo es el Pajarito”, canción que en una película también le cantaron Viruta y Capulina haciendo hartos dengues, pero Ricardo prefería los mambos del Cara e Foca, Pérez Prado, que si le hacía música a los ruleteros por qué no a un barretero de Chalchiuites, Zacatecas, que un día podría convertirse en el monarca mundial pluma.

Entonces un parroquiano alza su copa y le dice:
—Salud, mi Pájaro.
—Que te encanta… brindar conmigo, ¿verdá? —le responde El Campeón entre dientes, todavía con buenos reflejos para el albur, y recuerda cómo el apodo que su jefa Zenaida le puso de niño porque se le paraban los pelos, empezó a volverse un sobrenombre de respeto cuando ya adolescente entrenaba en el Jordán y los oponentes sentían su punch de patada de mula, que cortaba mejillas y trituraba narices y que acabó con la carrera de varios boxeadores.

Y con tres o cuatro tequilas Ricardo empieza a entrar en un ensueño blando sobre la mesa, como en esos días en que su yate navegaba por la bahía de Acapulco y él encendía sus cigarros con billetes de cien pesos de los años cincuenta; cuando Tin Tan lo enseñaba a vestir como pachuco y Resortes le invitaba un gallo para olvidar el pánico escénico de salir ante cámaras con la tapatía Ana Bertha Lepe o la francesa Christian Martell.
Sin embargo todo se empieza a ensombrecer como en ese abril del 57 cuando de camino al campeonato, Hogan Kid Bassey le bailoteaba y Ricardo Moreno no podía conectarlo porque ese negro nunca permanecía quieto y aunque le mandaba un cruzado de derecha y quiso acomodarle el gancho al hígado que le gritaba su mánager Lupe Sánchez, el negro le devolvió un volado que le movió el piso y por más que se quería parar El Pajarito se iba de lado, derrumbándose lentamente hacia la lona, hacia las noches de la droga y el alcohol hasta el delirio.

Son las ocho de la noche, a La Ametralladora entran tres hombres malencarados, uno saca la pistola para encañonar a los escasos empleados y clientes que hay en la cantina, otro vigila la puerta y un tercero, con cuchillo en mano, los conduce a la bodega donde les va arrebatando relojes y carteras, el de la pistola zarandea al Campeón que duerme en la mesa del fondo.
—¡Órale, párese, cabrón!
Como no se mueve, le asesta un cachazo en la mejilla, Ricardo siente como si le hubieran tocado la campana, se levanta lanzando un óper directo a la mandíbula del ratero que cae redondito soltando el arma, aunque el segundo asaltante se acerca con el cuchillo ni siquiera le da tiempo de usarlo porque un gancho al hígado le encoge la pierna y cae al suelo, el tercero sale corriendo despavorido.

Ricardo El Pajarito Moreno, con ojos medio nublados, bebe de un trago otro tequila que le acercan a la mesa, cierra los ojos y se vuelve a quedar dormido soñando que ora sí tumba al negro, mientras don Roberto, el cantinero, llama a la patrulla.
*Publicado en "Elogio de las Cantinas". Play Boy México 207. Enero de 2020.
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