Conocido como La Catedral del Danzón por los oficiantes del baile, llamado El



Este sacrosanto recinto de variados ritmos, no solamente de danzón, era una casona antigua de estilo art-decó, que después de su remodelación en 1936 pasó a ser estilo colonial californiano. Ahí dieron cátedra sobre la duela los más famosos bailadores de danzón, como el legendario Ventura Miranda, Carlos Daniel Beriel “El Calcetín” o Jesús Ramírez, “El Muerto”, quienes con la misma destreza que mostraban en su arte, sin duda habrían podido fornicar sobre un ladrillo.
Prosigue Elías Nandino con sus recuerdos: “La simpatía mutua empezó a crecer, nos hablábamos con mayor confianza y me comentó una cosa muy significativa: ‘Parece mentira, pero ya estoy un poco enfadado de putas.’ Seguimos caminando: empezó a contarme sus intimidades y me tomó del brazo. Ya era muy tarde, casi empezaba a nacer la luz, y él, súbitamente, dijo: ‘Allí hay un hotel.’”

Lo menciona en sus crónicas el escritor Salvador Novo: “[…] un Salón México, que se especializaba en danzones y empleaba dos o más orquestas. Se llevaban los domingos, los sábados por la tarde, los jueves. En estos enormes salones de baile transpiraban su salud los muchachos obreros […] Aquella nueva, redimida, numerosa juventud proletaria de la ciudad creciente se trenzaba en el jazz con el mismo espíritu fogoso y puro con que jugaría football ”. Lo exalta el poeta José Gorostiza como una “especie de santuario de la sensualidad sorda del pueblo, adonde acude todos los sábados a reventarse un danzón, sí, un danzón que se revienta como un tiro, como un clavel.’” Y remata el cronista Carlos Monsiváis definiendo las coreografías que se ejecutan en este dancing: “Por sus contoneos lascivos y rítmicos, una mezcla excitante de danza del vientre oriental y de habanera anticuada, el danzón es la música por excelencia de los prostíbulos, acoplamiento vertical, vuelo erótico fijado al piso”.
Rememora aquella noche el poeta Nandino: “Descubrimos una cama ancha. Un muro del cuarto era de madera y había un lavamanos con aguamanil y abajo un balde para tirar el agua sucia. Quitamos la colcha, acercamos las sillas y en una él colocó su saco. Se fue desnudando sin ningún pudor, con esa seguridad que da tener un cuerpo bello. De pronto, al quitarse el pantalón, dejó un puñal grande en el buró. Entonces me nació un miedo creciente. Sobre una mesita que había enfrente de la cama dejé mi reloj, y un anillo de platino con una aguamarina, mi llavero y todo mi dinero, como una precaución para que él, si tenía malas mañas, tomara lo que quisiera sin hacerme ningún daño. Yo también me quité la ropa, pero me dejé la trusa, y él me dijo: ‘Quítate eso.’”
A la leyenda de la Cated

“Cuando quedamos frente a frente, casi con las bocas juntas, él puso su brazo detrás de mi cuello y me dio un beso voraz. Entonces me nació nuevamente la confianza y empecé a acariciarlo. Lentamente, mi excitación logró recobrarse y, poco a poco, lo fui poniendo de lado, y él todo lo admitía. Carecíamos de lubricante y tuve que usar mi propia saliva y, con todo cuidado, penetrarlo. De repente me exigió: ‘Con más fuerza, que no soy una señorita’.”
Al despedirse en la mañana, Elías Nandino le pregunta a su amigo ocasional si necesita dinero, y éste le responde: “No. Lo que necesito es que me busques el próximo viernes allá.”
Esta leyenda concluye a fines de 1960 cuando el regente de la ciudad, Ernesto P. Uruchurtu tuvo a bien clausurarlo junto con otros lugares de genuino esparcimiento popular y de esa manera terminar con la época dorada del dancing en México.
*”Elogio de las cantinas”. Play Boy México 201. Julio de 2019.
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