domingo, 30 de marzo de 2025

ELOGIO DE LAS CANTINAS Y ELOGIO AL AUTOR DEL ELOGIO DE LAS CANTINAS*

Por Sergio Macías Díaz


Apuremos sorbo a sorbo en nuestra copa el rojo néctar,
 que junto con el olvido trae el remedio para nuestros pesares.
Omar Khayyam


Pobre Jorge Borja. Cuánto habrá tenido que sufrir mi buen amigo, cuánto se habrá sacrificado al tenerse que meter a todas esas madrigueras murciélagas y enfrentar peligros indescriptibles (sobre todo al retornar a casa), justamente él, a quien todos conocemos como un sujeto químicamente puro (lo que sea que eso signifique). Lo cierto es que todo ha valido la pena. Elogio de las cantinas. Breve memorial de antros, bares, cantinas y lupanares es la enciclopedia de la ilustración.

Me explico: hay que hacer maletas para leerlo, pues se trata de un largo viaje que incluso nos puede trasladar a la época prehispánica para hablar del culto a la comida de nuestros ancestros: “Todo lo que se arrastra, corre y vuela, a la cazuela”. O bien, desde la pluma de Manuel Payno, nos hará conocer a Hilario Cortés, el dueño del bar Piquío, el precursor de la botana en tres tiempos.


También podremos ver a este Anthony Bourdain mexicano de apellido Borja degustando vino y sublimes alcoholes, junto con aquellos otros borrachos, meseros y cantantes. Él nos va a explicar cómo vino el vino a México y, cómo con los españoles “se aflojaron las pasiones y se extendió el consumo del pulque”, ese elixir al que le falta un grado –quién sabe de qué– para ser carne. Pero Borja es inasible y anda incluso por el siglo XIX, cuando se vendía pulque en “figones, almuercerías o tabancos”, logrando que las pulcatas proliferaran como hongos.

“Se prohíbe el ingreso a perros, mujeres, mendigos, vendedores, uniformados y menores de edad”. Nos recuerda el autor este misógino letrero, y su conocimiento del tema aborda a todos y todas. Entramos al cine mexicano para ver a la Guayaba y la Tostada, y a Pedro Infante, pasando por Lucha Reyes y su canto de ángeles caídos:

Borrachita de tequila llevo siempre el alma mía
para ver si se me cura esta cruel melancolía.

La de Jorge es una tesis doctoral de las cantinas de México, una tesis antro-pológica y también es una ametralladora de información y de inflamación. A mi juicio, él incorpora un nuevo género a la literatura: la crónica alcohólica.



Mención honorífica aparte, el libro nos regala la receta del amor, pues al alcohol muchas veces lo acompaña la poesía. Borja entrelaza varios géneros: el cuento: “¿Cómo te atreves a decir que no me amas?”. La poesía: “Ella me invita a beber de su boca, cerveza y saliva”. “Amiga a la que amo, no envejezcas / que se detenga el tiempo sin tocarte…”. O la crónica, como aquella de “El Aferrado”, que quién sabe por qué dedica a su compadre Pterocles Arenarius. Y hasta da recetas, como la del viagra mexicano, un curado de jitomate con ostiones.

Elogio de las cantinas no solo es divertido; también es inspirador, sea uno borracho o lamentablemente abstemio, pues por sus páginas desfilan el perdido, el despechado, el solitario, “el desdichado, el solo, el sin consuelo”. En estos textos se entrecruzan también las historias de personajes queridos y maravillosamente entremezclados con el alcohol, como José José, Toulouse-Lautrec o Malcom Lowry.

Dios mío, si en la borrachera te ofendo, con la cruda me sales debiendo.

Ya les contaré al final la anécdota de Iztacalco, pero primero hay que repetir lo que nos dice Jorge: que El Nivel fue la primera de todas las cantinas, fundada en Moneda 2 en 1872, apenas cinco años después de la promulgación de la Ley de Instrucción Pública. Era sabio ese Juárez: primero había que aprender a leer para luego escoger qué tomar… Los nibelungos concurrían allí, e incluso un siglo después llegaba el primo de José Alfredo, un tal Armando Jiménez, el célebre Gallito Inglés, a quien había que mirar con disimulo pues del albur hizo una ciencia.

Y vemos entonces la casa de los azulejos, que hasta la noche abrían los hermanos Sanborns, y a Rubén Darío bebiendo “poco, pero con severidad”. Entonces, como en una novela negra de los años cincuenta, nuestro autor se enfunda en un traje holgado, se pone sombrero y se convierte en un investigador privado para ir tras la pista de un asesinato: el del gran Guty Cárdenas. Y como en ese bar no había rubias, termina ligándose una hermosa y morena mesera.

Caminante que va por los caminos, Jorge Borja escribe con prosa versátil: culta o cercana al peladaje, ligera o informativa, seria o a punto del devaneo, húmeda o amarga, Manual de Carreño o revista Ja-Ja y a punto de la revelación u oculta en el mero rincón del lado moridor de una cantina.


Agua de las verdes matas, tú me pierdes, tú me matas, tú me haces andar a gatas.

Como el Gallo de Oro, el libro de mi amigo es “un monumento a la persistencia etílica” y, como dije, una tesis doctoral de antro-pología.

Elogio es también un compendio que informa lo que uno quiera saber: en cuál cantina se reunía la Banda del Automóvil Gris; a dónde chupaba Porfirio Barba Jacob, el poeta colombiano y “pontífice máximo de la inefable yerba”. Y cómo no iban a aparecer José Alfredo y la Chavela resistiéndose a cerrar las persianas del Tenampa. Y además el buen Borja hasta el gran Jorge Manrique nos recuerda. “Recuerde el alma dormida” que en este libro también hay poesía. Y de pronto aparece otro escritor, para mí hasta hace poco desconocido, Fidencio González, el Robin Hood de los cocteles.

Y en Mesones e Isabel la Católica llegaba Cantinflas a La Vaquita, y Edmundo Valadez, al bar Negresco con los muchachos de entonces, con los muchachos de antes. Y ya, a estas alturas, hay que tener cuidado al leer las crónicas para adultos de la parte final de Elogio, pues por un lado se requiere la mayoría de edad y por otro es mejor no tener tanta mayoría de edad.

El libro es también un homenaje al capitán Guillermo Borja, padre de Jorge, pionero en el arte de convertir en realidad la primera red social del planeta, es decir, la cantina, donde confluyen boxeadores, albañiles, merolicos, burócratas, periodistas, abandonados o románticos hasta que –bien dice Jorge– llegan los intelectuales y lo echan todo a perder.

La cantina –y aquí sigo citando a Jorge–, “magnífico lugar para esperar el fin del mundo; pero pasó el cometa Halley, el eclipse del 91, el año dos mil y el fin del calendario maya, y el mundo aún no se acaba. Lo único que se nos acaba es el hígado”.

Me queda claro que este es un libro de cantinas y que por eso no incluyó Jorge la anécdota prometida que ahora les contaré, pues sucedió en las calles de la Ciudad de México; aunque, si me apuran, ¿no es esta una enorme cantina en la que convive todo tipo de gente, intelectuales y obreros, borrachos y abstemios, parroquianos y cantineros?

***

Una clara noche de los años noventa suena mi teléfono. Mi hermano el Conejo me pide que lo vaya a sacar con sus cuates, el químicamente puro Jorge Borja y su compadre Pterocles Arenarius. Llego a pagar la multa a la delegación Iztacalco y un uniformado me dice: “Qué bueno: ya lléveselos”. En la comandancia se escucha la aterciopelada voz de Jorge y otras dos voces no tan aterciopeladas. No puedo recordar cuál era el bolero. “Tomen sus pertenencias y ya váyanse”. Entonces, el Conejo, obediente, toma su mochila, una botella de ron con el líquido a medias y una cocacola completa. “Hey hey, adónde lleva eso, joven”. “Usted me dijo que tomara mis pertenencias, y esto me pertenece”. “Se equivoca, joven. Ese es el cuerpo del delito”.

Gracias, Jorge, escritor, guionista, bailarín, profesor y sabio defensor del humanismo mexicano, por invitarme a presentar tu libro.




*Texto leído en el Centro Cultural José Martí el miércoles 15 de mayo de 2024.

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