domingo, 30 de marzo de 2025

El Macho Calado


Advierte la sabiduría popular que hay una especie, un género de mucha raigambre en las cantinas, del que poco se habla en las discusiones sobre la diversidad y que es difícil reconocer a primera vista. Se trata del Macho Calado.

Vamos por partes. El Diccionario de mejicanismos de Francisco J. Santa María, en una de sus acepciones sobre el vocablo “Macho”, habla acerca “del hombre de muchas y grandes energías, o muy valiente, o de mucho carácter”. Un concepto que se tenía el siglo pasado sobre una especie casi en extinción. El hombre de pecho peludo que habitaba en un paraíso estilo Jalisco rodeado de mujeres que lo temían y veneraban porque dependían enteramente de él. Paradigma del patriarca que ha sido ridiculizado por poetas homoeróticos y vituperado por feministas de la Tercera Ola que lo describen como un hombre de las cavernas o un monstruo feminicida.


Del pobre macho se ha hecho el peor escarnio en este siglo. Empezando por los chistes.

“−Mi general, ¿le pongo mantequilla?
−¿Qué le pasa, muchachito, se va usté a coger a un hombre!”

E incluso se ha negativizado el valor de su Arcadia con comentarios afrentosos:

“−¿De dónde eres, mi rey?
−Soy de Jalisco, ¡donde se dan los hombres!
−Sí, pero unos con otros.”

¿Es coraje, es envidia o simplemente el devenir de los tiempos que cambia los valores más sólidos?

Para intentar una respuesta sería conveniente repasar la noción del “macho calado”. Se dice que “es un hombre que se aventuró a probar el sexo con otros hombres (como pasivo) y que no le gustó”. O sea que el problema no es el sexo entre machos, que suele darse casi sin querer en los compadrazgos más entrañables, sino en hacer de pasivo en esta relación; es decir que fungir como “sopla nucas” no representa ninguna indignidad, pero hacer de “muerde almohadas” es una afrenta.

El caso es que, de acuerdo con el código del auténtico macho, para estar seguro de que verdaderamente le repugna hacer el papel femenino, es necesario probarse, es decir calarse. Por eso existe esa pregunta insidiosa que los malintencionados le formulan a quienes presumen de su hombría: “ Y tú, ¿eres macho calado o por calar?”

En el Silabario de palabrejas de Eli de Gortari aparece una definición sobre el verbo Calar: “Del latín chaiare, bajar, descender. Penetrar un líquido en un cuerpo permeable. Atravesar un instrumento otro cuerpo de una parte a otra. Entrarse, introducirse en alguna parte. Meterse en una casa para hurtar”.

Juan Eslava Galvan, refiere en su libro Amor y sexo en la antigua Grecia, que desde aquella época ya se practicaba el calado entre varones, especialmente en los batallones de los bravos guerreros de Esparta, quienes pensaban que luchar junto con sus amantes les aseguraba la victoria. Una tumba del siglo VI, en la provincia de Atenas, incluso lleva una inscripción dedicada a Gnatio y Ereades, soldados que perecieron juntos en combate: «aquí un hombre enamorado de un muchacho pronunció el juramento de no abandonarlo en la lucha y en la lamentable guerra».

Asimismo en la Iliada hay dos personajes que representan el valor de la masculinidad, pero de los que también se rumora que se andaban calando: Aquiles y Patroclo. El propio Esquilo, dramaturgo famoso por sus tragedias, afirma que Aquiles era el amante de Patroclo. En uno de los fragmentos de su tragedia perdida Mirmidones, aparece Aquiles llorando sobre el cuerpo de su amigo, mientras alaba la belleza de sus caderas y añora sus besos.

Lo verdaderamente interesante, es que en muchas culturas patriarcales como la griega, la latina, la japonesa o la mexicana, aparece el fenómeno del acercamiento y del afecto homoerótico entre los más valientes, no importan si son sacerdotes o soldados. El mismo Zeus, padre de los dioses y de los hombres, se enamora de Ganímedes, príncipe troyano, a quien rapta convertido en águila y se lo lleva al Olimpo para que sirva de copero divino. Los cretenses acalaraban que la historia del rapto y violación de Ganímedes tenía un origen real que involucraba a su famoso rey Minos y a un muchacho muy guapo.

Se entiende bien que en culturas donde se relega a la mujer a un segundo plano, como entre los antiguos griegos, si bien con ésta se tienen el matrimonio y los hijos, es de los compañeros valientes y arrojados con quienes se puede vivir un amor entre iguales.

Ya el mismo Elías Nandino, poeta del grupo Contemporáneos y médico cirujano, cuenta en su libro de memorias Juntando mis pasos, cómo acudía con frecuencia al legendario Salón México a observar a las parejas de baile y luego les invitaba una copa a los hombres que más le habían gustado, sin importar su clase social, ni si se trataba de padrotes o ladrones.

Se pensaría que esos tipos, epítome de la masculinidad, seguramente habrían rechazado hasta con violencia las aproximaciones del Dr. Nandino. Sin embargo dice en sus memorias que alguna vez contó entre sus conquistas a varios de estos personajes que incluso le pedían que les invitara la copa y ya entrados en confianza, alguno le comentó: “Parece mentira, pero ya estoy un poco enfadado de putas.”

Cuenta el Doctor Nandino des sus escapadas al hotel con estos machos: “Descubrimos una cama ancha. Un muro del cuarto era de madera y había un lavamanos con aguamanil y abajo un balde para tirar el agua sucia. Quitamos la colcha, acercamos las sillas y en una él colocó su saco. Se fue desnudando sin ningún pudor, con esa seguridad que da tener un cuerpo bello. De pronto, al quitarse el pantalón, dejó un puñal grande en el buró. Entonces me nació un miedo creciente. Sobre una mesita que había enfrente de la cama dejé mi reloj, y un anillo de platino con una aguamarina, mi llavero y todo mi dinero, como una precaución para que él, si tenía malas mañas, tomara lo que quisiera sin hacerme ningún daño. Yo también me quité la ropa, pero me dejé la trusa, y él me dijo: ‘Quítate eso’ (...)

“Cuando quedamos frente a frente, casi con las bocas juntas, él puso su brazo detrás de mi cuello y me dio un beso voraz. Entonces me nació nuevamente la confianza y empecé a acariciarlo. Lentamente, mi excitación logró recobrarse y, poco a poco, lo fui poniendo de lado, y él todo lo admitía. Carecíamos de lubricante y tuve que usar mi propia saliva y, con todo cuidado, penetrarlo. De repente me exigió: ‘Con más fuerza, que no soy una señorita’.”

También el escritor japones del siglo XVII, Saikaku Ihara (seudónimo de Hirayama Tōgo) refiere en su libro Historias de amor entre samurais (mantenido bajo censura y publicado hasta 1986), las relaciones entre los guerreros que juegan con la vida y la muerte. Asimismo la película ganadora de tres óscares, Secreto en la montaña (Ang Lee, 1963) cuenta las intimidades de dos vaqueros casados que viven su romance lejos de la civilización que les niega el derecho a la ternura masculina. Ya ni se diga de El lugar sin límites, libro de José Donoso (1966) y adaptación cinematográfica de Arturo Ripstein (1978), donde Gonzalo Vega y Roberto Cobo se funden en un beso épico que ya envidiarían las grandes parejas del cine.


Estos acercamientos entre hombres han generado incluso algunos poemas sobre la cordial camaradería homoerótica, como en el siguiente texto de Eusebio Ruvalcaba:

La vez que un amigo me mamó la verga

Cierta vez
mi en aquel entonces mejor
amigo
me mamó la verga.

Yo estaba muy dolido,
atravesado por un amor.
Él me vio
tan desdichado
tan solitario
tan expuesto
que me bajó el cierre
y me mamó la verga.

Nunca se me paró.
Aunque reconozco en ese acto
la mano misericordiosa de Dios.
Le agradezco a aquella mujer
que me haya abandonado.

De modo que si en una borrachera, en una cantina, su compadre se le insinúa como hacían los guerreros de la Iliada, y quiere besarlo, ya no se moleste ni tenga miedo, piense que la sociedad actual así como en la Antigua Grecia, comprende y acepta esta clase de aproximaciones entre machos.


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