A Oy



El Orizaba era un lugar de sana convivencia en donde hombres y mujeres podían sostener una conversación en el único baño unisex de todas las cantinas de la Ciudad de México; en el que se servía una botana exigua que no pasaba de un vaso de caldo con esqueleto de pescado o chicharrones y cacahuates, pero en el que las caguamas costaban apenas dos o tres pesos más que en la tienda de la esquina; un lugar en que los parroquianos eran la parte principal del show, a veces de box y otras cantando y haciendo strip tease; en el que Furia Ciega, un invidente de bastón y lentes oscuros, autentificaba a mano limpia a las damas que dormían la mona sobre la mesa para asegurarse de que no se tratara de travestis. En resumen, un bar donde combebían y confraternizaban seres de orígenes asaz disímbolos y en el que afuera podían asaltar los mismos que antes habían convidado el trago.
A Oyuki también le escuché que el tapanco del Orizaba era nido de hampones, donde se reunían a preparar sus golpes, o rincón de los chismosos que gustaban observar el desmadre desde arriba. Me platicó que nunca atendía a unas machorras que le habían propuesto encandilar a los clientes al hotel para desplumarlos. “Como me negué, me amenazaron. Pero no les tengo miedo. Para cabrón, cabrón y medio”, decía mostrándome una navaja de fuelle que guardaba en el bolso. Ella practicaba una ética de trabajo que le impedía sustraer el dinero a los hombres que alquilaban su cuerpo; sin embargo era descuidada cuando se perdía en el alcohol, y el Tiburón, un mesero con una cicatriz que le iba de la comisura de la boca hasta la oreja, subía a quitarle de encima a quienes ya se le habían encaramado sin pagar.

El “Horrorizaba” o “La Apestosa”, como también se conocía a ese abrevadero alguna vez fue punto de encuentro de William Burroughs y Jack Kerouack durante su estancia mexicana. En sus mesas también departieron periodistas como el legendario Jesús Luis Benítez, El Búnker, o el jefe Manuel Blanco. Sin embargo, el lugar se empezó a descomponer cuando a fines de los ochenta lo invadieron hordas de universitarios e intelectuales, que en principio acudían ahí como a una práctica de campo, haciendo comentarios sociológicos y anotaciones, o como espectadores de una función de Los olvidados. Y poco después, con sus exposiciones de foto o de pintura, sus conciertos de música clásica, acabaron definitivamente con el espíritu desmadroso y libertario del Orizaba.

A su desaparición sobreviven dos leyendas. Una, que la tarde del 93 en que se anunció la candidatura de Luis Donaldo Colosio a la presidencia, entró Manuel Camacho Solís a La Apestosa, de lentes oscuros y acompañado de dos guaruras, a beber y emborracharse para olvidar la traición de su amigo Carlos Salinas.

Otra leyenda, me la cuenta un amigo a las puertas de la tienda de lámparas que ahora ocupa el lugar de la cantina: “a Oyuki la picaron por la espalda y murió desangrada aquí afuera.” La noticia me hace cimbrar. Me recorre la espalda un sudor frío. El amigo me abraza y dice “Así es la vida”. Y me vienen a la memoria unos versos:

“Sí, la vida, comento,/
¡la vida es esta niña descarriada!/
y me llevo clavada la brutal puñalada/
en lo más hondo de mi pensamiento.”(1)
1.- “La Terciopelo”. Poema de José de Jesús Núñez y Domínguez (México, 1887-1959).
*Texto publicado en la columna "Elogio de las cantinas". Play Boy México, número 194, correspondiente a diciembre de 2018.
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