domingo, 27 de noviembre de 2016

El oscuro manantial

 
Anatomía del fracaso.
Daniel Miranda
Mantis Editores.


En un mundo de vencedores imbéciles
más vale ser un derrotado.”
Jorge Arturo Borja.


Tiene la derrota una dignidad
que la ruinosa victoria no conoce.”
Jorge Luis Borges.


La lectura de Anatomía del fracaso me generó varias preguntas. Tal vez la primera de ellas sea ¿cómo se forma un poeta? ¿De repente a alguien lo posee la inspiración y empieza a escribir como un ángel, o la poesía es el resultado de exprimir la experiencia de la vida como se exprime un limón viejo? No lo sé. En el caso de Daniel Miranda solamente entiendo que la lectura de su libro ha cambiado la imagen que guardo sobre su autor.

Hagamos memoria. A Daniel lo conozco desde que su hermano Edgar lo llevaba de visita, en plena adolescencia, al taller que Eusebio Ruvalcaba impartía en la Colonia del Valle. Aunque Daniel aún conserva algo de adolescente, en ese entonces se mostraba como un muchacho curioso pero callado ante los textos que se presentaban en aquellas sesiones.
Unos años después regresó al taller, que se había trasladado a Tlalpan, para llevar sus propios versos. Por lo visto no escarmentó en cabeza ajena. Recuerdo que sus palabras tenían el ímpetu pero también la ingenuidad de alguien que quería escribir poesía. Los recursos provenían de El tesoro del declamador y la experiencia era el vivo reflejo de su incipiente bigote.
En los años que llevo asistiendo a talleres, he visto pasar a muchos individuos que de pronto se sienten tocados por la musa y sin ningún decoro se dedican a escribir. Desde la imitadora de Pita Amor que afila sus versos en la memoria de sus ex maridos, el senecto nostálgico por un modernismo trasnochado, el rapero que improvisa cacofonías en un afán de poeta maldito que no pasa de “malito”, e incluso el joven de inclinaciones sociales que es como “un pobre Benedetti que habita en la serranía”.
Después de las primeras sesiones en los talleres y de las primeras críticas, por lo general, estos soñadores desisten de su insensato intento. Sin embargo hay quienes insisten contra todo pronóstico, e incluso llegan a publicar libros.
Después de los primeros fracasos, de que se dan cuenta que la poesía no se vende y quizá menos se lee, de que descubren en el librero del mejor amigo los libros que le obsequiaron aún intonsos y que se convencen de que deja más dinero vender relojes pirata que poemarios, deciden abandonar tan ingrato oficio. Solamente los más necios o los que tienen la mayor capacidad de resistencia siguen adorando a la Diosa Blanca.
Entonces vuelvo a la pregunta ¿cómo se forma un poeta?, pues tampoco lo sé de cierto, pero supongo que entre otros ingredientes para hacerlo se cuenta el fracaso. Y éste sólo nace de la experiencia vivida. O en algunos casos, de la experiencia bebida. Por supuesto que detrás de cada aedo debería haber una íntima relación con el lenguaje y un conocimiento profundo de las técnicas y de los recursos literarios que les permiten convertir en oro la pátina amarga que los días van dejando caer en el ánimo. Pero sólo a “los que pisan sus fracasos y siguen/ porque no serán consolados”, se les podrá llamar poetas.
En ese sentido, me gusta pensar que los versos más afortunados, los que sobreviven al poema y al poeta, se forjan a golpes de martillo en la fragua de los fracasos y son, como esas espadas legendarias, Coladas o Tizonas, que atesoran la memoria de una batalla en que el autor se jugó la vida. Así también, pienso que el poema necesita reposo antes de publicarse. Y en ese caso, los poetas deben ser como los viejos caballeros que velaban sus armas antes del combate.
Viene esto a cuento, porque yo fui testigo de la gestación de algunos de los poemas de Anatomía del fracaso, que después de años tomaron su forma definitiva para componer un libro y ganarse el Premio Nacional de Poesía de Sonora “Bartolomé Delgado de León”, 2015. Pero esto es lo de menos. Lo realmente importante es que con este poemario, el anatomista Daniel Miranda Terrés se revela como un poeta en pleno uso de sus facultades, uno que primero fraguó sus versos en la desolación y luego veló el poema por muchas lunas. Solamente así pudo haber escrito este libro.
En el transcurso de sus cuatro estaciones, tres órganos y un síndrome, su poemario va cronometrando el naufragio de un hombre. Con un lenguaje diáfano, compuesto con palabras simples: lluvia, árbol, pájaro, fuego, el autor construye una sólida columna, una escalera de descenso que conduce hacia el purgatorio personal: el padre, la madre, la enfermedad, el alcohol, mantienen una presencia constante en este viaje.
La sencillez aparente de los versos se remata con imágenes contundentes, implacables, que llegan con frecuencia al desgarramiento. En su confección, el poeta demuestra una panoplia de recursos que en ocasiones evoca la estructura de otros géneros: el poema como una serie de preguntas, el poema como una serie de respuestas muy cercanas al conocimiento y a la estructura del aforismo, verbigracia algunos versos:
El corazón de los hombres es del tamaño de lo que esperan”.
Estamos hechos de distancias. Puede verse en nuestra mirada la lejanía de la que venimos”.
Los días son trenes que no vuelven. Parten hacia lo perdido”.
Qué infeliz se puede ser cuando es la felicidad lo que se anhela”.
El corazón tiene la edad de lo que amamos”.
También hay poemas que podrían pasar sin apuro como verdaderas minificciones:
Tengo un sueño recurrente en el que miro
a una manada de lobos devorándole las vísceras a un hombre
Aquel hombre no lucha por su vida
Está vivo
Pestañea mientras mira hacia el cielo

El sueño termina cuando el hombre gira la cabeza para mirarme a los ojos
Los lobos que lo devoran me persiguen todo el día en el pensamiento.
En el tono de los poemas de esta Anatomía del fracaso también se pueden advertir leves toques de un humor muy próximo a lo patibulario:

Este dolor de estómago me ha mantenido en cama por días
Me han dicho que es por tanto alcohol
Que también el estrés causa irritación
¿Moriré pronto doctor?

¿Está seguro?

¿Cómo puede saber tanto con tan sólo mirar si mis heces son firmes?
En suma, los poemas de esta Anatomía sorprenden y conmueven por su descarnada elocuencia, por su inesperada ternura, por la madurez de un joven de 28 años que ha dedicado gran parte de su vida al fracaso fecundo y creador, al oscuro manantial de la poesía de donde brotan sus bien templados versos.
Le pido disculpas a Daniel, yo hubiera querido escribir más, pero me han faltado palabras para explicar lo que me han hecho sentir sus poemas, ya no sé qué poner en esta página.
Pon tus lágrimas porque estos poemas te han hecho llorar me dice mi compañera la soledad.
Con ellas, rubrico mi admiración por el poeta.
¡A tu salud, querido amigo!

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