sábado, 26 de octubre de 2024

A las tres en torniquetes




La vi entrar al Metro. Se detuvo en los torniquetes. Sacó su tarjeta de una bolsa grande, dorada, que siempre llevaba con ella. Sus jeans apretados le moldeaban las piernas, y desde las rasgaduras traseras del pantalón resplandecían sus muslos morenos. De espaldas lo que más imantaba la atención eran sus nalgas jugosas, de una redondez que daba vértigo imaginarlas desnudas, recorrerlas con las manos equivaldría a darle una vuelta completa al planeta.

Me fui detrás de ella. La dejé caminar para fascinarme con el espectáculo de su vaivén. Se detuvo de pronto y se volvió para decirme:

—¡Uy, me asustaste! —exclamó Aleida. —Te ando buscando y vienes atrás de mí —se abrieron sus ojazos de obsidiana.

—Yo siempre quiero ir detrás de ti.

Destelló su dentadura de niña. Se paró de puntitas y me dio un beso de piquito con la frescura de sus 17 años.

Yo le doblaba la edad y le llevaba un mundo de experiencias pero ella me devolvía las sensaciones de la secundaria, el entusiasmo de la primera novia de manitas sudadas. Aunque la gente a veces nos lanzaba miradas de desaprobación porque ella se veía demasiado joven a mi lado, yo sentía la plenitud de la masculinidad andando juntos de la mano. Por eso cuando a solas, en las largas sesiones de arrumacos, me salían las urgencias de hombre, me frenaba porque la consideraba casi una inocente.

Y digo casi por lo que ella me había contado. En su casa su mamá Alina, dedicada al comercio, tenía muy malas costumbres. Desde que corrió al papá de las niñas, por mantenido, llevaba diferentes hombres a dormir, si es que llegaba porque luego nada más les dejaba dinero y una nota diciendo que se prepararan comida en el microondas. Y para su hermana menor, Alauda, cambiar de novios era como cambiar de tangas.

miércoles, 24 de julio de 2024

De Miami a mí misma


Prólogo

Toda vida, por oscura que sea, encierra un secreto, un dolor y una hazaña. Si pudiéramos ver a las personas como dicen que las ve el Creador seguramente entenderíamos el valor que cada vida humana encierra. Tal vez mediante el arte sea posible dar sentido e integrar los hechos dispersos y contradictorios que conforman la existencia, hacer un perfil aproximado, el retrato en claroscuros en que un individuo pueda reconocer su verdadero rostro. Eso sin duda intenta la escritura en la novela, en la biografía, en la crónica. Como dice Nadine Gordimer “Creo que eso es escribir, eso es pintar. Es buscar una hebra de orden y de lógica en el desorden, y en el increíble desperdicio y el carácter maravillosamente disipado de la vida.”

Monumento a la persistencia etílica



Cuando Porfirio Díaz aún no se gana el Don y ocupa por primera vez la presidencia de la república, el español Antonio Huerta ya lleva dos años de haber abierto El Gallo de Oro en la esquina de Calle de las Damas y Calle de La Cadena (actual Bolívar y Venustiano Carranza), establecimiento al que se le expide la segunda licencia de cantinas de la Ciudad de México en 1874.

miércoles, 26 de junio de 2024

Puño y cuadrilátero

 


Pterocles Arenarius.
Ediciones A mí me vale verga.
México 2023.

Puño y cuadrilátero es la historia de un muchacho que crece en el barrio a punta de madrazos, uno que como tantos ve el box como su vía de escape, la oportunidad de convertirse en alguien; la historia de un adolescente ingenuo que se va desengañando en cada golpe.

En ocho peleas, un retrato y una propuesta, Pterocles Arenarius rememora aquel joven de los años sesenta que ya fueron, remueve las cenizas de la hoguera en que ardía su corazón y desdobla la apuesta en que tuvo que rifarse los huevos.

Puño y cuadrilátero puede leerse como un manual de box; como una novela de aprendizaje, pero sobre todo como la verdadera voz, la más honesta, la más directa, de un hombre que se decide a contar sin ambages y sin tapujos de qué chingados está hecho eso que llamamos vida.

jueves, 20 de junio de 2024

7 aforismos para la mitad del año

 

*Lo que antes escribíamos oscuramente en las letrinas ahora lo publicamos en las redes.


*Mientras todo se derrumba yo hago lo único que sé: escribir; y cuando termino pienso que tal vez tampoco sé hacerlo.


*Cuando escribo, mi corazón llora gotas de tinta.


*La tinta como la sangre… por una herida o por la otra -en poema, cuento o crónica- siempre brota.


*El adjetivo es a la prosa lo que el ripio es al verso.


*Toda la vida siempre me la he pasado corriendo para no llegar tarde a las citas. Ahora, al final de mis días, encuentro que la única cita real, inaplazable y precisa es con la muerte, a la que siempre se llega a tiempo.


*Con los últimos ímpetus de mi viejo demonio sigo el camino de mi ángel custodio.


viernes, 29 de diciembre de 2023

Ditirambo para el maestro dionisíaco*

Elogio de las cantinas (Breve memorial de antros, bares, cantinas y lupanares). Jorge Arturo Borja. Eterno Femenino Ediciones. México, 2023.


 Para no ser esclavos y víctimas del tiempo ¡embriagáos, embriagáos sin cesar, de vino, de poesía, de virtud, de lo que queráis!

Luis Cardoza y Aragón en Elogio de la Embriaguez de la traducción (demasiado libre) de Charles Baudelaire en el poema en prosa Embriagáos, del libro El Spleen de París.


El camino de los excesos conduce al palacio de la sabiduría.

William Blake

 

El material de la escritura y en general el de las artes, son los contenidos más que nada inconscientes del artista. Es decir, del individuo (como en pocas ocasiones es aquí oportuna la palabra individuo: in-dividuus, no divisible) que sin embargo, lo diría Walt Whitman: “¿Qué me contradigo?, es cierto, ¡soy multitudes!” Un ser humano es mucha gente, como lo demuestra aquel mito bíblico del nuevo testamento cuando Jesús expulsa a los demonios que habitaban un sujeto y los inserta en una piara que se despeña. Así, ni más ni menos es el material de la escritura. Los espíritus sucios, incluso a veces inmundos que suelen ocuparnos son los que, con frecuencia, nos impelen, nos animan a la creación.

El Cuento del Cuento


El cuento ha sido un género puntal desde mi infancia. Entre mis lecturas más entrañables guardo narraciones de los Hermanos Grimm o Hans Christian Andersen en voz de mi madre, que me los leía antes de dormir. También es el caso de Las mil y una noches, historias como la de “Simbad el marino” o “Alí Babá y los 40 ladrones”, que después reconocí y disfruté en caricaturas o películas. El cuento tradicional, junto con las fábulas y las parábolas del Nuevo Testamento -que también son una especie de cuentos-, fueron parte de mi formación literaria desde el jardín de niños hasta la secundaria.

Siempre entendí y atendí lo que es un cuento aún antes de saberlo definir. Se trataba de un texto breve, con pocos personajes y un conflicto, que generaba cierta expectativa que se resolvía al final: “Y colorín colorado, este cuento se ha acabado”. Un texto que transmitía valores o enseñanzas morales, un compendio de prodigios que estimulaba mi imaginación y me invitaba a socializar y a asumir los valores más humanos.