sábado, 14 de noviembre de 2009

El Barco de Plata

(Los humedales de Ojeteperro I)

Zarpando desde una esquina de Plaza Garibaldi, El Barco de Plata navegaba días y noches, las 24 horas del día durante los 365 días del año, llevando una tripulación de alcohólicos aferrados.


En alguna de aquellas travesías vimos dos hembras trenzadas a golpes ante el beneplácito de los parroquianos que acudieron a separarlas hasta que una, montada sobre la otra, le azotaba la cabeza contra el suelo con la enjundia del náufrago sediento que quiere romper un coco.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

sábado, 7 de noviembre de 2009

Entre la imaginación y la memoria

Conversación entre García Márquez y Rulfo

Más allá de los elogios de sus amigos y admiradores, más allá de las críticas de las feministas, Gabriel García Márquez continúa siendo el escritor latinoamericano más leído y el tercero que más libros vende en el planeta. Después de sobrevivir al premio Nobel de literatura en 1982 y a los homenajes por su octogésimo quinto cumpleaños, “Gabo” ha tenido que enfrentar una serie de enfermedades que lo mantienen muy lejos del mundo.
Acosado por una legión de entrevistadores y buscadores de noticias ansiosos del mínimo comentario suyo, por los amigos como Julio Scherer o Bill Clinton que le llaman o lo visitan aun cuando ni siquiera pueda reconocerlos, el novelista de Aracataca vive cada vez menos para su leyenda pública y cada vez más para una nebulosa donde se extravían sus recuerdos más próximos.

En alguno de los momentos en que la enfermedad le da tregua, antes de cerrar los ojos vencido por el sueño de la comida, el creador de Macondo quizá revise sus libros y se acuerde de otro fugitivo de la fama: Juan Rulfo, nacido un 16 de mayo del año 17. Y quizá también justifique el laconismo en que el autor jaliscience se refugiaba frente a las preguntas de los periodistas, y la asombrosa habilidad con que se les escabullía por las puertas de servicio de los hoteles.

viernes, 30 de octubre de 2009

Desde las puertas de La Sorpresa I

“Plateros... San Francisco... Madero... Nombres varios para el caudal único, para el pulso único de la Ciudad. No hay una de las 24 horas en que la Avenida no conozca mi pisada”: así define el poeta Ramón López Velarde su predilección por una de las calles de mayor tradición en la Ciudad de México: Francisco I. Madero. En esta calle se alzó uno de los conjuntos religiosos más grandes y lujosos de América. Ahí vivió el emperador Iturbide. Por ella se pasearon ansiosos los lagartijos del porfiriato al acecho de las damas más elegantes de la capital.

Asiento de grandes edificios comerciales y joyerías que desembocan en la Plaza Mayor; Madero, la avenida de muchedumbres apresuradas y revueltas, también nos conduce hacia un pasado lleno de historias.

lunes, 26 de octubre de 2009

Responso al Corazón


Fuiste una víscera mustia
un  pretexto de cuentistas cursis
y puerta de acceso
a órganos más traviesos.

Un fruto manoseado por poetas
de reputación dudosa
por viejas meretrices
y ancianos de clavel en la solapa.

¡Cuántas estupideces
se cometieron en tu nombre!

domingo, 18 de octubre de 2009

El Speedy González de la Literatura

(Entrevista realizada el 11 de agosto de 2007 para la serie Entre hombres sin vergüenzas de Radio Educación)

De nombre Francisco Ignacio Taibo Mahojo pero mejor conocido como Paco Ignacio Taibo II. Nace en Gijón, España, en 1949 y llega a México a los nueve años. Estudia historia en la UNAM hasta que lo corren en 1969 por intentar estrangular a una maestra que habló despectivamente del Movimiento Estudiantil del 68 en el que Paco había participado de manera muy activa. Sobreviviente del halconazo del 71, es uno de los aguerridos estudiantes que se lanzan a fábricas y barriadas a hacer trabajo político con el proletariado.

martes, 6 de octubre de 2009

La importancia de llamarse Ernesto

“Nadie ha tenido ese poder que él tuvo. Durante casi 14 años fue amo y señor de esta ciudad. La cambió por completo, le impuso su modo de ser y acabó con la vida nocturna. Hizo que los cabaretes cerraran a la una de la mañana. Dicen que fue en venganza porque un hermano suyo se mató saliendo del Waikikí. Otros dicen que fue a él a quien una noche sacaron a golpes de ese antro, y que por eso le agarró ojeriza a don Pepe Moselo, el dueño del Waikikí, y no descansó hasta clausurarle su negocio en el 55. La mera verdá es que no cerró todos, porque los de primera seguían funcionando hasta las cuatro. Pero se le quedó la fama de mocho y de rarito.