sábado, 8 de junio de 2013

Bar Florida

(Los humedales de Ojeteperro IV)

Cuando nosotros, oficinistas con aspiraciones de escritor, lo frecuentábamos, ya habían pasado sus mejores glorias. Había sido uno de los bares estilo gringo con letrero de neón, escaparates luminosos, meseras rubias y oferta de novedosos cocteles que proliferaron en los cincuenta. El bebedero internacional en el que el ventrílocuo alcohólico (Luis Aguilar) se hubiera gastado gustosamente los 10 mil pesos que Adán, El Mudo (Ignacio López Tarso), le había pagado a cambio de su muñeco.

“─Pobrecito mudo, pero quién le manda traer dinero, además él pa qué lo quiere ya. En cambio a ti te va a servir para rehacer tu vida, ¿verdad?” decía Titino con su vocecita de pito en El hombre de papel de Ismael Rodríguez, mientras Luis Aguilar desaparecía decidido tras la puerta de un bar como el Florida.
Nosotros, pensando en rehacer lo que la burocracia había arruinado, también penetrábamos en la penumbra perpetua de ese antro ocupado por cansadas damiselas que acudían a “mover el aguayón pa sacar pa la chuleta”. Cobraban 15 pesos del nuevo peso, la pieza de una rockola, y fichaban a cambio de una cerveza. A veces había tríos o algún trovador solitario que amenizaba el romance pasajero entre un beodo sentimental y una gorda urgida de pagar la renta. Desde una mesa apartada iniciábamos nuestra pretenciosa conversación.
¿Qué es el infierno? preguntaba el intelectual.
Es el tiempo perdido respondía el filósofo.
Es el amor no correspondido terciaba el artista.
Es el deseo insatisfecho concluía el pragmático.

Y los cuatro borrachos insatisfechos calculábamos cuántas cubas alcanzaba a cubrir nuestro peculio porque ni siquiera podíamos darnos el lujo de pedir una botella entera. Aunque no era el bar donde Hemingway bebía acodado en la barra, El Florida de Independencia y López era el refugio perfecto para un grupo de inadaptados. Alguien podía morirse de un infarto sin que nadie en su rededor se percatara. En ese lugar se respiraba el aire pesado de un cementerio de elefantes. Tal vez por eso una madrugada, Gabriel Santander, futuro ensayista y productor, se levantó de la mesa exclamando “aquí huele a semen, a patas y a decadencia.” Y salió definitivamente de nuestras vidas.
Sin embargo, también hubo ocasiones de indecible contento. Por ejemplo, cuando Rafael Giménez, futuro jefe de investigaciones de un periódico nacional, lució una sonrisa como no se la volví a ver nunca, mientras un par de gordas le ejecutaba una jubilosa chaqueta a dos manos bajo la mesa. O aquella noche inolvidable en que las suripantas se arrebataban a Margarito, el actor y compositor más pequeño de México, para sentarlo en las piernas y permitir que ese nene lujurioso saciara su lactancia senil perdido entre un abundante racimo de tetas. Como era un liliputiense disfrazado de vaquero, al mirarlo de espaldas creímos que era el hijo pervertido de una de ellas, pero ya después, cuando le vimos la barba y el bigote, nos convencimos de que era un duende prófugo del delirium tremens y juramos solemnemente no volver a tomar.


Sin embargo en el Florida era imposible mantener una promesa porque ahí, de pronto y sin aviso, se abrían puertas dimensionales y podían pasar cosas que cambiaban el rumbo definitivo de la existencia. Podía uno encontrarse al fantasma del pelón Sobera de la Flor en las mesas del fondo tomando un high ball, o levantarse una mulata panameña, ñata y escultural, a cambio de unos tragos. Sin duda era un magnífico lugar para esperar el fin del mundo, pero pasó el cometa Halley, el eclipse del 91 y el año dos mil y el mundo aún no se acaba. Lo único que se nos acaba es el hígado.

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